Cada generación cree haber descubierto la tecnología que por fin va a romper el capitalismo:
- El telar iba a destruir el trabajo.
- La electricidad iba a crear desempleo masivo.
- La cadena de montaje iba a eliminar la relevancia humana.
- Los ordenadores iban a acabar con la clase media.
- Internet iba a vaciar la economía.
Ahora se supone que la IA va a desencadenar un fuerte shock económico, desplazando a los trabajadores de cuello blanco tan rápido que la demanda flaquea y los mercados se convulsionan.
La preocupación no es absurda. Pero la historia sugiere que es incompleta.
Productividad y prosperidad van de la mano
Durante más de 200 años, cada gran shock de productividad ha aumentado el nivel de vida, no lo ha destruido:
- El PIB real per cápita de EE. UU. ha aumentado aproximadamente entre 8 y 10 veces desde 1820.
- La remuneración real por hora ha seguido, en líneas generales, la productividad a largo plazo.
- El promedio de horas trabajadas al año ha caído drásticamente desde 1900.

La agricultura llegó a emplear a ~40% de la fuerza laboral de EE. UU. Hoy emplea a menos del 2%.
El empleo manufacturero alcanzó su máximo a mediados del siglo XX y cayó a medida que mejoraba la automatización. El trabajo administrativo se ha automatizado de forma sistemática durante las últimas cuatro décadas.
Y, aun así:
- El PIB per cápita subió.
- El consumo real subió.
- La esperanza de vida subió.
- El tiempo de ocio aumentó.
El patrón no es sutil:
Productividad ↑ → Costes ↓ → Poder adquisitivo ↑ → Demanda ↑ → Surgen nuevos sectores
Sostener que la IA colapsará la demanda de forma permanente es sostener que, esta vez, las ganancias de productividad no bajarán los precios, no ampliarán el poder adquisitivo y no darán lugar a la creación de nuevas industrias.
No es una afirmación menor. Es una afirmación radical.
Las revoluciones industriales no aplanan la curva. La empinan:
- La máquina de vapor.
- La electricidad.
- La producción en masa.
- La informática.
- Internet.
Cada ola aceleró la producción por persona.
Es mucho más probable que la IA sea otro punto de inflexión que una marcha atrás.
El desplazamiento es real. El colapso, no.
Las revoluciones tecnológicas eliminan empleos:
- Eliminan tareas.
- Comprimen categorías.
- Perjudican a regiones concretas.
- Crean picos de desigualdad.
La Revolución Industrial desplazó a los artesanos. La globalización desplazó a los polos manufactureros.
El software desplazó a los trabajadores administrativos. La dislocación a corto plazo es real.
Pero el desplazamiento no es destrucción.
El trabajo humano se reasigna. El capital se reasigna. Aparece una demanda completamente nueva en sectores que antes no existían:
- En 1900, nadie trabajaba en software.
- En 1950, nadie trabajaba en publicidad digital.
- En 1990, nadie trabajaba en infraestructura cloud.
Si en 2000 alguien te hubiera dicho que para 2026:
- Los cajeros de banco desaparecerían en gran medida.
- Las agencias de viajes se hundirían.
- Un billón de dólares de comercio minorista offline migraría a online.
- La fabricación de coches se automatizaría en gran medida.
Probablemente habrías predicho desempleo masivo. En cambio, el PIB per cápita se duplicó aproximadamente. El empleo aumentó. Surgieron sectores completamente nuevos.
El colapso sectorial no se traduce automáticamente en un colapso macroeconómico.
La transición puede ser violenta, pero rara vez es instantánea
La objeción más fuerte a la tesis de la productividad no es el colapso permanente.
Es la velocidad:
- La tecnología avanza rápido.
- Los mercados avanzan más rápido.
- Las instituciones avanzan más despacio.
- El trabajo avanza más despacio aún.
Esa brecha puede generar turbulencias reales.
Los mercados financieros ponen precio al futuro al instante y a menudo se pasan en ambas direcciones. Las expectativas se retroalimentan. Las narrativas se encadenan. El capital se reasigna antes de que la economía real tenga tiempo de ajustarse. Los gobiernos responden de forma reactiva. Los trabajadores no pueden reciclarse de la noche a la mañana.
Ese desajuste puede producir trimestres feos, incluso años feos. Sin embargo, la capacidad tecnológica no es lo mismo que la sustitución económica. Ya lo hemos visto antes.
Hace quince años, se suponía que los camiones autónomos iban a eliminar una de las mayores categorías de empleo en Estados Unidos. Conducir camiones era el trabajo más común en muchos estados. La tecnología avanzó rápidamente. Los inversores extrapolaron. Los comentaristas predijeron desempleo estructural.
Hoy existen sistemas autónomos, pero el transporte de larga distancia sigue en gran medida intacto. La regulación, la responsabilidad, los seguros, la infraestructura, los casos límite y la economía frenan de forma drástica la difusión en el mundo real.
El mismo patrón se cumple de forma más general. Incluso las tecnologías transformadoras siguen curvas de difusión. La electricidad, la refrigeración, los teléfonos, los ordenadores e Internet no llegaron a todos los hogares de la noche a la mañana. La adopción siguió curvas en S que se extendieron durante años, si no décadas, no trimestres.

Cada revolución tecnológica se siente instantánea mientras ocurre. Los datos muestran que no lo es.
La IA no es una excepción.
Las capacidades de la IA son reales y mejoran rápidamente. Los modelos son cada vez más competentes en programación, razonamiento, tareas multimodales, asistencia a la investigación y automatización de flujos de trabajo. La tecnología no es un juguete. Ya está aumentando de forma significativa la productividad en dominios concretos, y probablemente será mucho más potente durante la próxima década.
Pero el crecimiento de capacidades y la saturación económica son fenómenos distintos. Una herramienta puede ser extraordinaria y aun así tardar años en difundirse por completo a través de instituciones, regulación, mercados laborales e infraestructura global.
A pesar de la intensidad de la narrativa:
- Miles de millones de personas en todo el mundo nunca han usado un sistema de IA.
- Una minoría usa chatbots gratuitos.
- Solo una pequeña fracción paga por herramientas de IA.
- Una fracción aún menor depende de la IA como andamiaje central para programar.

La IA parece saturada dentro de los círculos tecnológicos y financieros. A escala global, aún es pronto.
Los mercados extrapolan al instante. La difusión se despliega gradualmente.
Esa brecha crea volatilidad. No crea automáticamente un colapso.
Nada de esto significa que el desplazamiento vaya a ser indoloro. Ciertos roles pueden comprimirse rápido. Ciertos precios de activos pueden reajustarse violentamente. Ciertas regiones pueden sufrir. La dispersión entre el cambio tecnológico y la respuesta política puede ampliarse antes de estrecharse.
Pero la historia sugiere dos fuerzas moderadoras:
- Primero, la adopción tarda más de lo que sugieren los titulares.
- Segundo, el trabajo se reasigna en lugar de desaparecer.
El peligro no es que la IA elimine el trabajo de la noche a la mañana.
El peligro es que los mercados pongan precio a esa eliminación más rápido de lo que las economías pueden adaptarse.
Son riesgos muy distintos.
¿En qué trabajos se empleará la gente?
Una objeción común es práctica: los trabajadores de cuello blanco desplazados no van a convertirse en fontaneros, carpinteros o masajistas. Es cierto. Históricamente, los trabajadores desplazados no se limitan a pasar a roles manuales ya existentes.
Se mueven a categorías que antes no existían.
- En 1995, “gestor de redes sociales” no era un trabajo.
- En 2005, “desarrollador de apps” apenas existía.
- En 2010, “arquitecto cloud” era algo de nicho.
Las revoluciones tecnológicas amplían lo posible adyacente. Crean nuevas capas de coordinación, servicios, herramientas e industrias que antes eran invisibles.
La incomodidad viene de no saber todavía cuáles serán esos trabajos.
Pero esa incertidumbre ha acompañado a cada gran cambio de la historia.
El riesgo real: fricción en la transición
Nada de esto minimiza la turbulencia.
Cada shock de productividad crea:
- Picos temporales de desigualdad
- Concentración geográfica de las ganancias
- Desajustes de habilidades
- Reacción política
- Inestabilidad social
Los ganadores y los perdedores rara vez son las mismas personas.
La dispersión entre el cambio tecnológico y la respuesta política puede, efectivamente, estar ampliándose. Los mercados financieros pueden, efectivamente, amplificar tanto el optimismo como el pánico.
Son preocupaciones legítimas. Sin embargo, son preocupaciones sobre la dinámica de la transición, no sobre un colapso económico permanente.
Históricamente, las instituciones se adaptan:
- Los sistemas educativos se amplían.
- Las protecciones laborales evolucionan.
- Los mercados competitivos trasladan las ganancias de productividad a precios más bajos.
- El capital se reasigna hacia nuevos sectores.
El ajuste es desigual, pero ocurre.
Asumir un colapso permanente es asumir una parálisis institucional permanente.
Es posible. No es el escenario base histórico.
La IA reduce la fricción cognitiva
La IA no es solo automatización.
Reduce el coste cognitivo de hacer casi cualquier cosa:
- Crear una empresa.
- Escribir código.
- Hacer investigación.
- Lanzarse a nivel global.
- Atender a clientes.
- Traducir entre idiomas.
- Tomar decisiones complejas.
Menos fricción amplía los mercados:
- Cuando emprender se vuelve más fácil, se crean más empresas.
- Cuando caen los costes de coordinación, los mercados se expanden.
- Cuando se reduce la asimetría de información, el capital se asigna de forma más eficiente.
Esa es una lógica de expansión, no de colapso.
La tesis
Para que ocurra un verdadero colapso económico, tendríamos que creer que:
- Las ganancias de productividad no bajarán los precios.
- El poder adquisitivo no se ampliará.
- No surgirán nuevos sectores.
- El trabajo no se adaptará.
- Las instituciones no evolucionarán.
- Los mercados competitivos no lograrán trasladar las ganancias.
La historia sugiere lo contrario. El futuro más plausible no es un colapso sistémico.
Es una aceleración de la productividad volátil pero potente:
- Habrá dislocación.
- Habrá picos de desigualdad.
- Habrá ruido político.
- Puede haber ciclos de mercado brutales.
Sin embargo, con el tiempo, los aumentos de productividad tienden a expandir la producción, elevar el nivel de vida y aumentar la opcionalidad humana.
La IA no es el fin del progreso económico. Es el siguiente capítulo.
Exploraré las implicaciones específicas para los marketplaces en el próximo episodio de Playing with Unicorns. La conclusión macro es la misma: la oportunidad está en entender cómo la IA amplía el pastel económico, no en asumir que lo destruye.
Ya hemos visto esta película antes. El final nunca ha sido el colapso.
Ha sido transformación. Ha sido expansión. Y, la mayoría de las veces, ha sido aceleración.